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Vita en Knole.


La última palabra:
Vita en Knole
(Un artículo de Luis RACIONERO publicado en ABC-La última palabra-s/f ¿1994?-)


"El pueblo de Sevenoacks, Kent, esconde en una de sus calles la entrada, que discurre entre una iglesia gótica y un torreón de señales; la verja aparece en tierra de nadie, hacia el valle marcado por colinas entrecortadas y rotundas. El camino serpentea entre olmos destruidos por la plaga y hayas robustas, no en balde las plantó el Earl of Dorset durante el reinado de Isabel I, cuando ella le regaló la finca. El castillo aparece en la cima, tras caminar dos kilómetros entre hayas y colinas; está dominando el territorio en todas direcciones y parece un inmenso monasterio con sus molinos, graneros, talleres, fraguas, hornos de cal, establos, caballerizas, murallas, torres, chimeneas, jardines, parques y patios. Hay siete patios interiores, cincuenta y dos escaleras y trescientas sesenta y cinco habitaciones. Nadie debiera haberlas contado, pues, según el Príncipe de Lampedusa, un palacio del cual se conocen todas las habitaciones no merece ser habitado. Por temperamento, Victoria Sackville-West hubiera estado de acuerdo con él, pues abandonó Knole cuando aún le quedaba mucha vida por delante y no volvió jamás. Su hija Vita, única heredera directa, sería desposeída por su primo debido a su condición de mujer.
Recuerdo una foto de Virginia Woolf con cara de gárgola apoyada en un dintel del jardín de Knole cuando tuvo su «affaire» con Vita y le escribió la más larga carta de amor en la historia de la literatura: la novela »Orlando», basada el linaje de Víta y situada en Knole.
No sé si Virginia Woolf estuvo al corriente de las últimas aportaciones a la familia del Earl of Dorset, que provocaron un sonado juicio a principios de siglo. El diplomático Lionel Sackville West, que heredaría Knole por defunción de su hermano mayor, había tenido cuatro hijos naturales con la bailarina malagueña Pepita Durán, vivió con ella en Arcachon y se llevó a su hija Victoria, madre de Vita, como anfitriona para su embajada en Washington. Victoria se casó con su primo Sackville-West, de modo que al morir el padre quedó como señora de Knole, su marido, el nuevo heredero. Pero otro hijo de Pepita, Henri, primogénito natural del diplomático, pretendió heredar Knole, para lo cual presentó una demanda judicial en Londres; la familia contraatacó con una detallada investigación realizada en España en 1896 sobre la familia y antecedentes de Pepita, donde se colige que Pepita, la abuela de Vita, era hija de Catalina Ortega, vendedora ambulante que vivía «aparentemente en matrimonio» con Manuel López. zapatero de Málaga y que Pepita se casó con el bailarín Juan Antonio de la Oliva.
Vita ha narrado detalladamente esta historia, usando los documentos obtenidos en España en la investigación de1896, en el libro titulado «Pepita», mitad novela, mitad encuesta policiaca, que se lee como una espléndida introspección de sus orígenes, mezclada con detallada evocación del tipismo español de la segunda mitad del siglo XIX. El libro bien merece una lectura, porque pocas veces una aristócrata escarba con tal sinceridad y candidez en los episodios marginales de su linaje para esclarecer la personalidad de su madre y su abuela, que, al aparecer, la atraían irresistiblemente, pese a los detalles sórdidos, o quizá por ellos.
En 1949, Vita vino a dar dos conferencias en el Ateneo de Madrid y quiso conocer la casa donde nació la abuela. El poeta Muñoz Rojas la acompañó en Málaga a visitar una calle «muy estrecha, casi se podian dar a mano de un balcón a otro, llena de gente y criaturas, no cabe duda que debió ser así el cuando Pepita era niña».
Pepita era hermosa, vivaz, determinada e impulsiva; Victoria impredecible, caprichosa, seductora, amable e insoportable; Vita ya era casi plenamente inglesa, con veleidades poéticas y aventuras excéntricas con Virginia Woolf y Violet Trefusis en medio de su estable relación con el diplomático Harold Nicholson, uno de los matrimonios mejor documentados en la historia de la literatura. Las gentes de principios de siglo eran contumaces escritores de cartas, no sólo porque no, existía el teléfono, sino por tradición, que duraría hasta la segunda guerra mundial.

Estimulado por esta literatura, que consumí en los setenta –“Retrato de un matrimonio”, por ejemplo- y por la biografía de Victoria Glendinning, “Vita”, de 1983, visité el castillo de Knole este otoño cuando el frío de los patios interiores no era excesivo. El National Trust dispone sólo de la mitad de a casa, de abril a noviembre; el resto del espacio y del tiempo pertenece a los actuales herederos, que siguen habitando Knole. La parte visible comprende la mitad posterior del castillo, con la galería de retratos de personajes ilustres ingleses y europeos, alcobas y salones, el billar, la galería Leicester o la alcoba real, con los famosos muebles de plata que Vita desdeñaba como excesivamente ostentosos. Pero Vita, que nació en la casa, amaba Knole y sufrió considerablemente cuando no pudo heredarla, pero se consolaría comprando y restaurando la propiedad vecina de Sissinhurst, donde se dedicó a la literatura, a la jardinería y la literatura de la jardinería, un género del que los ingleses poseen el secreto. Hasta su muerte en 1962 produjo once novelas, diez libros de poemas, biografías, seis libros de jardinería, más diarios y viajes. El más reeditado, junto con «Pepita» es la novela de costumbres «The Edwardians», sobre el mundo que ella conoció en la infancia y que desaparecería para siempre, como los olmos de Knole."

Luis RACIONERO
ABC-La última palabra-s/f ¿1994?-
Vita Sackville West
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